El estrés no tiene ruedas

Si estás leyendo esto, existe una alta probabilidad de que te encuentres en una oficina. Puede ser
diáfana, con un inmenso espacio abierto, o estar troceada en despachos; con luz natural, o
artificial (en el segundo caso no os olvidéis de la crema solar factor 50); y con una máquina de
café en cápsulas, o la vending que sirve algo remotamente parecido al café.

Estos son lugares comunes en tu lugar de trabajo. Como pueden serlo las reuniones de pasillos,
la música de dudoso gusto e indudablemente alta de un compañero en el otro lado de la planta,
el flujo ininterrumpido de visitas, y, por supuesto, el estrés. Porque el estrés es un material de
serie en cualquier oficina. Crece con cada reunión de status, conference calls con manos libres, o
feedbacks de última hora. Se transmite por la vista, el oído, o incluso el olfato. Y no se elimina del
organismo hasta que no se combate su causa.

Yo, y cuando digo yo incluyo a unos cuantos de mi equipo en Wallapop, no lo combatimos en la
oficina. Porque ahí el estrés juega en casa, y nosotros remontamos jugando fuera el partido de
vuelta. Puede ser un parque no muy transitado, una cafetería o bar que no estén muy de moda,
rincones alejados del tumulto y los Primarks, museos, o incluso las escaleras de incendios.

A lo mejor te parece que buscar estos lugares es una pérdida de tiempo, pero cuando los
encuentras, el tiempo se aprovecha el doble. No escuchas el correo entrante de un compañero,
no llaman a tu puerta para hacerte una pregunta absolutamente prescindible, ni miras el reloj de
forma compulsiva. Son lugares a donde no llegan los estímulos que tu cabeza asocia con el
estrés. Haz la prueba, encuentra tiempo para visitarlos. Y si coincidimos en el mismo bar,
perdona si no te devuelvo el saludo. Ese es uno de mis lugares de trabajo más productivos.

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